martes, 23 de agosto de 2016

Arrebol


Castillo de San Sebastián. Cádiz. Verano 2016.

Eolo da un respiro y nosotros recobramos el aliento. 
Apolo reúne a la musas y éstas, imperceptibles, 
sacan sus pinceles y eligen los tonos a utilizar 
en su amplia paleta de colores: en el lienzo resultante 
el sol es una brújula que no se esconde por el oeste 
pero siempre indica el sur. El mar ha perdido el azul del alba 
y ahora es un cofre del botín inalcanzable por los piratas, 
el que almacena los recuerdos que tantos arrojamos allí 
con la esperanza de que no alcancen jamás la superficie. 

La belleza natural me emociona y perturba a partes iguales. 

Aprieto el botón y guardo la fotografía 
como si al hacer click tuviese la potestad de capturar, 
realmente y para siempre, aquel instante.

Pero...

No escucharás nunca de mi boca que la vida no tiene sentido sin ti, 
Cádiz. Verano 2016.
porque la vida siempre tiene sentido; 
pero puedo decirte que la vida me gusta contigo.
No recordaré qué números componen las fechas importantes, 
pero conozco tanto las letras que inventaré palabras para nosotros.
No te prometo una "vie en rose", 
pero tengo una paleta de colores para pintar cada instante con uno de ellos.
No puedo prometerte el cielo, ni las estrellas y luna que lo embellecen, 
pero a cambio te ofrezco un paseo incansable por la tierra para que disfrutes con los cinco sentidos de la realidad.
No cruzaré mares por ti, 
pero estaría dispuesta a bucear océanos contigo.
No te llamaré amor, 
pero prometo dártelo envuelto en besos y caricias.

No te ofrezco nada, sin embargo, entre los dos podemos conseguirlo todo. 

sábado, 13 de agosto de 2016

Nostalgia

Playa del Carmen. Barbate. 2016.

Hay días en los que el ayer decide alojarse en el presente sin aviso y sin contemplaciones.

Viene y me recuerda que la vida un día decidió injustamente dejar de contar contigo y, en aquel instante de ocaso, entendí el concepto real de inmortalidad porque hay gente que se va pero nunca se marcha. Como tú.

Y un rato después de asumir que hay una parte de mi que siempre descontará horas y tachará días del calendario con una dosis de melancolía, aparecen también las palabras; más permanentes incluso que los propios recuerdos porque duele su lectura, el trazo de las letras de las que se componen, su significado. El que tenía entonces: el de la aventura que empieza cada día y concluye en sábanas desordenadas que permitían ser tan libres como nuestra locura requería. Y el de los besos escritos, los que se dieron y los que quedaron en el olvido, aquellos que cada vez que aparecen se clavan sin llegar a rozar los labios.

Así es como descubro que hay días que la nostalgia se nos pega tanto a la piel que consigue arañar el corazón; y que hay tantos tipos de nostalgia como colores pueden presentarnos los atardeceres que ya nunca contemplaré contigo. Ni contigo.

jueves, 11 de agosto de 2016

Epifanía

La Caleta. Cádiz. Año 2014. 
La venda de mis ojos se cayó un día desgastada por el tiempo. Me cegó el sol y en aquella obnubilación fue donde empecé a ver que nos enredamos en cuerdas sobre las que se hace imposible mantener el equilibrio y rehuímos de los caminos de piedras en los que mantenernos en pie depende solo de nosotros; como la felicidad.

Y descubrí que es preferible sumergirse en el agua salada, aunque en ella escuezan las heridas, que ahogarnos en copas de vino envenenadas por otros.

Que valen más las verdades que nos hacen morder el polvo, que las mentiras que nos conforman y, a su vez, conforman una vida sustentada en el engaño.

Se reveló el valioso poder de una sonrisa frente a la incapacidad frustrada de la rabia. Aprendí a ganar; aprendí a aceptar la derrota. Aprendí, a fin de cuentas, a vivir. 

Y pacté con el sol que sus rayos ofuscasen mis ojos, porque solo entonces, en ese momento, mi alma lograría abarcarlo, y comprenderlo, todo.